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América Latina en la expansión imperialista de las potencias económicas de principios del siglo XX

Por: Carlos Palafox.

El periodo que va de 1870 a 1930 estuvo lleno de cambios políticos, económicos y organizativos dentro de los países que comprenden América Latina. Estos estuvieron motivados por la influencia del mercado internacional, el cual fue absorbiendo a las pequeñas economías de esos países los cuales, durante gran parte del siglo XIX, tuvieron problemas para organizarse.

            Los países más industrializados requerían de materias primas para procesarlas y con ellas crear productos que irían insertando en el mercado. Con el fin de obtenerlas y sacar el mayor provecho de ahí, las potencias tuvieron que imponerse en los países latinoamericanos en vías de desarrollo; a esto se le conoce como “imperialismo”. Lo anterior tenía como consecuencia que, al tener mayor producción, las economías avanzadas necesitaban nuevos mercados en los cuales meter esas mercancías que tenían y es ahí donde entra América Latina, la cual fue escenario de una batalla entre las potencias industriales por hacerse de su control.

Este territorio fue utilizado o explotado en dos sentidos: el primero, como “fábrica” de materias primas y el segundo, como mercado para el excedente de las mercancías. Todo eso ocurrió gracias a la corrupción imperante en los gobiernos latinoamericanos; a la asociación entre las oligarquías locales y los capitalistas extranjeros; a la innovación tecnológica de la llamada “segunda revolución industrial”, que permitió el uso de nuevas materias primas (lanas, henequén, caucho, estaño, fosfato, petróleo) y la exportación de productos a distancias más lejanas; a las concesiones que se les daban a las compañías; exenciones de impuestos a sus productos que los hacía mucho más competitivos y las continuas intervenciones militares de países como Estados Unidos y Gran Bretaña.

            Este periodo de lucha entre potencias por la dominación del mercado coincidió con la constitución de los Estados oligárquicos en América Latina, quienes fueron un factor clave para la creación de condiciones favorables para la inversión del capital extranjero. La asociación de clases dominantes del centro y la periferia hizo posible el notable pero desigual crecimiento de las economías latinoamericanas. Otro dato importante es que se constituyó la fase imperialista en la cual, además de importar productos procedentes del centro de la economía-mundo, también se comenzó a importar capital bajo una doble forma: inversiones directas e inversiones de cartera (empréstitos). El resultado fue el modelo primario-exportador.

            Se habla de dos tipos de vinculación de la periferia latinoamericana al centro: el control nacional del sistema productivo y economías de enclave. El primero se refiere a que los propietarios locales mantuvieron el control total o mayoritario del sector productivo. Es el caso de los ganaderos argentinos y uruguayos y de los cafetaleros brasileños, colombianos y costarricenses. La segunda se refiere a que el control de la producción de materias primas para la exportación pasó paulatinamente de propiedad nacional a propiedad de extranjeros y en otros, los enclaves se constituyeron directamente en función de la expansión de las economías imperialistas. Este fue el caso de Honduras y Guatemala, que fueron enclaves de plantación la United Fruit Company. Panamá es también considerada una economía de enclave pero ahí la dependencia no fue de una compañía extranjera sino del Gobierno estadounidense, que controlaba el Canal que une el mar Caribe con el Océano Pacífico.

            A partir de 1870 la vida política en los países de América Latina se fue haciendo cada vez más estable. Los países que tenían más estabilidad política eran Brasil, Chile, Argentina y México, lo que les permitió afianzar la base normativa de la prosperidad material. Estas condiciones estaban, la mayoría de las veces, tuteladas por dictadores como en el caso de México con Porfirio Díaz. América Latina fue teniendo un clima propicio para las inversiones extranjeras, que en muchas ocasiones venían en forma de préstamos al gobierno, con una mejora importante de la infraestructura de la región que casi siempre dependía de las compañías extranjeras con el permiso de los gobernantes.

Leslie Bethell observa que el motor principal del crecimiento, comprendido en el periodo que va de 1870 a 1914, fue la producción industrial en países del centro económico, con los cambios sociales y económicos que la acompañaban. La expansión económica de América Latina fue inducida abrumadoramente por las exportaciones y, por ende, por la atracción de la demanda en las economías industriales avanzadas.

            Las propiedades que comenzaron a quedar en manos de los capitalistas extranjeros eran del inmenso dominio público. Bethell pone el ejemplo del norte de México y de América del Sur meridional, en los cuales la población indígena fue marginada y fue sacada de sus territorios mediante el uso de la fuerza. En México y América Central, el extenso margen de cultivos se amplió a partir de los bordes de las zonas altas ya desarrolladas y se introdujo en las regiones sub-tropicales y en los territorios costeros, de donde salían gran parte de los productos tropicales que en cantidad creciente se mandaban al extranjero.

            Vemos que a partir de las exigencias del mercado, la posesión y utilización de la tierra en gran parte de los países se fue adecuando para que se generara mayor producto y con ello mayores ganancias. En el caso de las comunicaciones, la tierra se llegaba a dar en concesiones a las compañías ferroviarias para la construcción de vías que se quedaban en sus manos, no en las del gobierno. Utilizando medios tanto legales como ilegales, grandes extensiones de tierra que antes estaban en poder del Estado, cayeron en manos de particulares, ya fuera un individuo, familias o sociedades comerciales. Bethell ve en esto una “desnacionalización de la tierra” de la cual se formaron las grandes compañías mineras, las haciendas, las compañías bananeras, entre muchas otras. Esta era una característica de la tenencia de la tierra en gran parte de Latinoamérica.

            Se observa que entre 1870 y 1914 hubo una subida demográfica gracias a las constantes inmigraciones de europeos hacia tierras latinoamericanas, además de que la calidad de vida subió. El efecto general de este fenómeno fue incrementar la demanda de alimentos, se intensificó la competencia para acceder a las tierras y la subida de los precios de las tierras al mismo tiempo que permitía que los terratenientes se apropiaran de una parte mayor del producto del trabajo.

            Los casos de Panamá y Costa Rica demuestran claramente lo dicho anteriormente. Además ponen énfasis en la cuestión de que América Latina no sólo produjeron materias primas para la “segunda revolución industrial” sino también estuvieron produciendo alimentos básicos: carnes, cereales, granos y otros de consumo suntuario como el café, el cacao y el plátano. Estos dos países de Centroamérica se avocaron a la producción del plátano, gracias a la United Fruit Company, empresa estadounidense que tuvo el control casi por completo de estos territorios.

            Las llamadas “repúblicas bananeras” tienen que ver con la región central de América y con el imperialismo estadounidense, ligado a la figura de la empresa United Fruit Company (UFCo). El cultivo del banano en esta zona se inició a mediados del siglo XIX con pequeños y medianos productores nacionales. Su desarrollo como cultivo para la exportación se produjo mediante la inversión de capital imperialista bajo la forma de economía de enclave entre 1889 y 1917. Gracias a esta inversión, Estados Unidos estuvo constantemente interviniendo en la política interna de los países centroamericanos. María de Jesús García, en su texto sobre la producción del banano en las Islas Canarias y Costa Rica, indica que hay dos fases; la primera con los pequeños productos y la segunda protagonizada por la UFCo.

            En Costa Rica, gracias a un contrato firmado por el dueño de la UFCo, Minor Keith, con el ministro Bernardo Soto Alfaro, el gobierno costarricense entregó al estadounidense la concesión para operar el ferrocarril y, por 20 años, una superficie de 3.200 km2 de tierras ubicadas a lo largo de las vías férreas. Este contrato entreguista fue una especie de prototipo de las concesiones a empresas por parte de los gobiernos latinoamericanos.

            Keith también consolidó la deuda externa de Costa Rica y en 1886, con autorización gubernamental, organizó en Londres la Costa Rica Railway Company. Con esta, Keith construyó las nuevas líneas férreas que llegarían a casi todos los cultivos de banano y con ello obtuvo el control de todas las empresas ferroviarias, los muelles y los barcos bananeros. El Puerto de Limón, propiedad estatal, tenía dos muelles, los cuales fueron conseguidos en arriendo por la UFCo. De esta forma, la empresa estadounidense, con el beneplácito del gobierno y grupos de poder local, se hizo del control portuario, obtuvo los beneficios de las vías de comunicación y además, se hizo del control de servicios fundamentales como electricidad, agua, tranvías, telégrafos, puertos y de los mercados locales. Keith se convirtió en propietario de la décima parte del territorio costarricense y su empresa monopolizó la exportación del banano en Costa Rica.

            La importancia de la producción y comercialización del banano en la economía de los países centroamericanos es evidente. En Honduras, el banano llegó a ser el 88% del promedio total de las exportaciones. Costa Rica, que fue el mayor productor de bananos hasta 1916, fue el segundo producto de exportación, sólo atrás del café. También en Guatemala y Nicaragua el café y el banano fueron los principales productos de exportación. En el primero llegó a ser el 27% del valor total exportado y en el segundo llegó al 49%.

            El caso de Panamá es más complicado pues los panameños se independizaron de Colombia gracias al gobierno estadounidense a partir del proyecto de construcción de un canal de navegación para unir los océanos Atlántico y Pacífico. En 1878 ya había comenzado la construcción del canal gracias a una compañía francesa pero Estados Unidos, al ver amenazados sus intereses, comenzó una serie de ataques contra la compañía, deteniendo la construcción del canal. Fue así como Estados Unidos comenzó a negociar con Colombia la continuidad de la obra con su capital y sus técnicos pero esta negociación no concluyó. Entonces, al ver que no había otra forma, los estadounidenses comenzaron a apoyar los movimientos independentistas del istmo y para el 2 de noviembre de 1903, Panamá se separo de Colombia, el 4 se proclamo república y para el 6 obtuvo el reconocimiento diplomático de Estados Unidos. Panamá cedió los derechos para la construcción del canal interoceánico y, a perpetuidad, el uso, la ocupación, el control, el mantenimiento, el funcionamiento, el saneamiento y la protección de este a Estados Unidos.

            En este país también tuvo presencia la UFCo, la cual tuvo grandes extensiones de tierra y logró influir en los aspectos económico, político y social. Al ser una joven república, la UFCo rápidamente tomó el control del lugar y puso a la producción panameña por debajo de la costarricense, que fue la que mayor exportación de bananos registraba. Las clases dirigentes privilegiaron la producción del banano en detrimento de otros productos agrícolas con el único propósito de mantener a los que habían sido garantes de la “libertad” del nuevo país, y con ello, de sus privilegios como clase. Gracias a ello, los estadounidenses hicieron varias intervenciones militares en el país pues como se encontraba en una posición estratégica y tenían el apoyo de las élites, no tenían reparo en invadir militarmente las veces que quisieran.

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