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MALAS NOTICIAS

Q.F.B. Lorenzo Reyes Pérez: Educador en diabetes.

Mi médico rasgo despreocupadamente el sobre que me habían entregado en el laboratorio y después de revisar los resultados de mis análisis, esbozó una sonrisa que me dejo más desconcertado. El sentado en detrás de su escritorio, alargó la mano con la hoja de resultados hacia mi pecho y dijo con su voz grave (fumaba mucho y ya se había infartado 7 veces) ya eres diabético. ¡Sentí bien gacho!, como si me hubiera clavado una daga en las meras entrañas. Una onda de escalofrió de los pies a la cabeza me hizo estremecer; me dieron ganas de salir corriendo del consultorio y no parar nunca.
La boca se me seco y la poca saliva que tragaba me sabía a hiel. Me quede como ido no sé por cuanto tiempo. Vuelvo a la realidad y el medico con su cigarro en la boca estaba garrapateando algo en una receta, o más bien debo pensar que era la sentencia de muerte. Una vez que había terminado de hacer sus anotaciones en el papel levanto la vista para, y así debía yo de tener el rostro tan desencajado que a manera de consuelo me dijo casi rugiendo: ¡si te cuidas cabrón vas a morir de otra cosa, menos del azúcar!
Qué bueno que en esa ocasión no me acompaño mi señora, si no, me hubiera recetado su eterna cantaleta: ¡Te lo dije! cuantas veces ya te lo había dicho, pero eres necio y más terco que una mula; siempre me sales con tu ya vieja, que tanto es tantito, de algo nos tenemos que morir. Luego luego me hacia la crónica de todos los conocidos que eran o fueron diabéticos; tanto de familiares, amigos y conocidos. También de uno que otro artista o algún personaje notable, que era del dominio público.
Tome la receta, la doble y la guarde en la bolsa de mi camisa. Pague lo de la consulta al médico y salí del consultorio. Todavía alcance su voz algo burlona que me decía, ya Pedro, no es el fin del mundo, vienes mañana con tu señora para que te de tu dieta. Para mi si, era el fin del mundo. Lloré, si lloré tratando de esconder mis lágrimas, no quería que nadie me viera. Me sentí aturdido, no sabía qué hacer. Anduve dando vueltas por todos y por ningún lado, mis manos en los bolsillos y con la cabeza baja.
Comenzaron a pasar por mi mente muchos recuerdos. De cuando estaba en la secundaria y jugaba futbol. Nunca fui lo que se dice una estrella, pero me defendía. Luego ya no pude estudiar y me metí a trabajar en lo de la construcción; mis compañeros del trabajo eran más grandes que yo. Muchos de ellos el fin de semana, cuando se terminaba la jornada y nos rayaban se cooperaban para el pomo o las chelas y algo de botana y se ponían a celebrar. Me invitaban y hasta me insistían para que me hiciera hombre y fumara y tomara. Yo me defendía diciendo que en mi casa me regañarían y no faltaba quien me defendiera y propusiera que los acompañara aunque sea con un refresco.
Y si, le agarre gusto al refresco; aunque después también al alcohol. Con el tiempo cambie de trabaja hasta que finalmente me volví comerciante. Vendía dulces y visitaba a mis clientes en una camionetita; y como tenía un buen carácter empecé a hacer amistades y los fines de semana me llovían invitaciones; que un bautizo, quince años, onomásticos, aniversarios, que la fiesta del pueblo, motivos o pretextos no faltaban. Encompadre con medio mundo. Pasaron algunos años luego me case e hice un pachangón y así siguió mi vida. Tuvimos tres hijos.
Cuando me di cuenta, había engordado. De por si mi estatura es grande, y con los kilos de más me veía enorme. Llegue a pesar 110 kg , y según el médico decía que mi peso, de acuerdo a mi estatura debería de ser de 70 kg, me sobraban 40 kg. Pero yo ni en cuenta.
Después de muchos años comienza el cuerpo a resentir. Ya me cansaba con facilidad, muchas veces no me quería levantar para ir a trabajar. A veces se me nublaba la vista y me sentía mareado. Pero las pachangas de casi cada ocho días me hacían revivir. Al día me tomaba yo solo un refresco familiar, bien frio. Los compraba por reja. A la hora de la comida el refresco era el primer invitado a la mesa. Mi esposa enojada me decía; ya párale al agua negra, se te van a caer los dientes. Y parece que fue una maldición gitana; con el tiempo se me han aflojado mis dientes y ya no tengo los de arriba.
También note que ya no tenía la facultad de ser hombre con mi vieja, yo tenía muchos pretextos, que si estaba cansado, que el día había sido difícil, que las deudas, que no se vendía como antes y estaba preocupado. En fin, miles de pretextos. Por supuesto mis amigos me decían, oye tú ya no eres el mismo, dicharachero y guasón.
Hasta que un buen día, un compadre y cliente mío me dijo: compa en este rato que estamos platicando, que es como una hora, has ido al baño muchas veces. No ya serás diabético. Fíjate que mi papá empezó así. Deberías ir al médico. Casi molesto le respondí: no que va, lo que pasa es que con este condenado calor me da mucha sed; y tomo mi “negra”, ya sabes que nunca me falta.
Si, ese comentario de mi compadre me movió el tapete. Pero, como buen fiel penitente se me olvido, o lo trate de olvidar. Pero que va, ya tenía esa espinita metida en la piel. Por un tiempo trate de moderarme. Ya no asistía a las invitaciones que me hacían mis amigos, cosa que les caía de extraño. Pero a quien no pude engañar por más tiempo fue a mi vieja. Se la pasaba muele y muele diciéndome vamos con el doctor a que te revise y a que te mande unos laboratorios, pa mi que ya tienes la dichosa diabetes.
Le salía con cada pretexto para aplazar la cita con el médico: que ahorita no tengo tiempo, que pase por su consultorio y que está cerrado, que nada más que me paguen, y otros tantos. Hasta que un día aprovechando que ella había salido de la ciudad para visitar a su mamá, me di valor y fui yo solo. Tenía miedo de la verdad, porque casi ya lo presentía.
Desde el momento en que me dijo el doctor que ya era diabético, la he pasado muy mal. Le perdí el gusto a las cosas, no me ilusiona nada, me volví un amargado, siento coraje con la vida. La dietista que me elaboro mi dieta es muy mal geniuda, me dice que por desordenado ya no puedo comer sabroso. Me quito las tortillas, las sopas de pasta, los panes, galletas, helados, quesque ya no puedo endulzar mi café, y lo peor de todo, me quito el refresco. Pero yo ni caso que le hago, pero se da cuenta de que uno no cumple con la dichosa dieta. De las medicinas que me receto el doctor, a veces se me olvida tomarlas. Cuando lo consultaba y le llevaba los resultados del azúcar, se enojaba y me decía que si no tomaba las capsulas me recetaría la insulina. Ni maíz.
De eso ya han pasado como 30 años y ahora estoy pagando, en abonos como buen deudor. Mi dentadura muy mal, la vista la estoy perdiendo cada día, y a mí que tanto me gustaba el baile, ahora la diabetes me está llevando al baile; en esta silla de ruedas sin una pata. Mis riñones a punto de tronar. No si la diabetes no mata luego, te hace sufrir de a poquito.
Empuja la silla hijo, ya mero llegamos a la casa.
La Asociación Mexicana de Diabetes de Tlaxcala, A.C. le ofrece orientación en diabetes y en obesidad.
Para cualquier aclaración, comentario o sugerencia, favor de escribir: diabtlax@hotmail.com

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